La ceremonia de la Puerta Santa tiene casi cinco siglos de historia.
(28/01/2009)
Corría la primera mitad del siglo XVI cuando alguien atravesaba por primera vez la Puerta Santa. El prelado oficiante, tal y como se ha venido haciendo hasta hoy, golpeaba tres veces el muro de mampostería con un martillo de plata y se daba por inaugurado el Año Santo. Compostela fue la primera cumbre de la cristiandad en obtener el privilegio de conceder jubileos cuando el 25 de julio coincide en domingo. La bula papal llegaba en el siglo XII, poco antes de que Roma disfrutase de la misma concesión, cuenta a este diario el profesor y antropólogo José Carro Otero. Mientras no se habilitó el acceso de A Quintana, los peregrinos que acudían a Santiago para lograr la indulgencia entraban a la basílica por cualquier puerta. El perdón se conseguía a cambio de una visita al sepulcro del Apóstol, confesión y comunión. "Atravesar la Puerta Santa no es ninguna condición sine qua non", advierte. "Lo que pasa es que a la gente le gusta hacer algo especial, simbólico... Al traspasar la puerta, el pecado se queda en la calle y dentro del templo se encuentra el perdón", explica Carro Otero.
En 1499 Roma decide habilitar una entrada especial para los devotos que desean ganar el Jubileo. Compostela no tardaría mucho en seguir sus pasos. La Iglesia decidiría perforar el muro de A Quintana para cargar todavía de más simbolismo el ritual xacobeo. En torno a 1521 se franquea por primera vez el nuevo acceso, relata el profesor. El ceremonial de demoler la columna de mampostería "se ha venido haciendo con carácter inmemorial". Cuando en el calendario no encajaba la efeméride jubilar, se procedía a cubrir el acceso con grandes piedras sin cementar. Y justo antes del estreno de un Año Santo se levantaba el endeble muro que el arzobispo tiraría con tres martillazos. En el fondo, lo que se pretende "es producir un efecto escénico". "La gente no reza, no cree... Pero es capaz de estar cuatro horas haciendo cola para atravesar la Puerta Santa. Y eso no tiene ningún valor".
A Carro Otero no le parece en absoluto perturbador que el Cabildo catedralicio apueste por suprimir el ritual: "No creo que el cambio tenga trascendencia. Tener aquello lleno de piedras cuando hay una masa humana que quiere entrar, puede provocar que alguien se haga daño". Para el profesor la iniciativa responde a una adaptación a los nuevos tiempos. "La Iglesia tiene que adaptar la liturgia a las circunstancias", apostilla.
En el extremo opuesto se sitúa Eduardo Pardo de Guevara, director del Instituto de Estudios Gallegos Padre Sarmiento y doctor en Historia Medieval por la Universidad Complutense. "Entiendo que el ritual es irrelevante en el contexto del inicio del Año Santo. Pero tampoco veo una razón de peso para suprimirlo". En su opinión, si el motivo que arguye el Cabildo es el barullo, "igual compensaba" hacer el esfuerzo y "mantener" el ceremonial. "Los rituales también tienen su valor" y, en este caso, representa "una tradición importante y singular" para la ciudad.